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¿Quién fue Victoriano Huerta?

Jueves, 5 de Enero de 2006

Alejandro Rosas / Historiador.

Su ingreso al Colegio Militar fue producto de la casualidad. En mayo de 1869 el general Donato Guerra se presentó en el pueblo de Colotlán, Jalisco y entre la muchedumbre pidió un voluntario que supiera leer y escribir. El joven Victoriano Huerta (1854-1916) dio un paso al frente y minutos después tuvieron una larga conversación. Al término de la jornada ya era su asistente y secretario personal; semanas más tarde, con la intervención del presidente Benito Juárez ingresó al Colegio Militar.

El sentido de oportunidad parecía una virtud inherente a él: la mayor parte de su vida estaría en el lugar y en el momento adecuados, siempre sacando el mejor partido. “De los indios que se educan como usted, la patria espera mucho” –expresó Juárez durante una visita que realizó al plantel de Chapultepec. Victoriano no hizo gesto alguno, sólo agradeció el saludo.

De inteligencia “despierta y ambiciosa” y con la tenacidad propia de su raza, Huerta cursó sus estudios militares y fue uno de los mejores alumnos de su generación, incluso por encima de cadetes con recursos, con educación previa en el extranjero o provenientes de familias ricas.

Huerta fue una pieza fundamental en la pax porfiriana. Combatió a los yaquis en Sonora; sofocó varias rebeliones en el estado de Guerrero y en 1901 aniquiló la resistencia de los indios mayas en Chan Santa Cruz, Yucatán. Sus procedimientos autoritarios, la quemazón de pueblos enteros, y el fusilamiento de rebeldes pronto le ganaron la reputación de un “animal sediento de sangre”.

En la década de 1890, el destino lo colocó nuevamente en el lugar adecuado. Conoció al entonces coronel Bernardo Reyes -una especie de Porfirio Díaz del estado de Nuevo León-, con quien inició estrecha relación. A instancias del “procónsul del norte” como se le conocía, Huerta se incorporó a la guarnición de Monterrey en 1905 y durante cuatro años se hizo cargo de la Jefatura de Obras Públicas del estado.

Con la agitación política desatada por la sucesión presidencial, en 1909 Huerta le apostó a su gallo Bernardo Reyes. Su popularidad era inmensa, lo suficiente para pelear por la vicepresidencia de la república frente a Ramón Corral -representante del grupo científico- e incluso para buscar de manera independiente la silla presidencial. El procónsul del norte, sin embargo, no quiso moverse sin la anuencia de Porfirio Díaz, la cual nunca llegó. El longevo presidente prefirió sacarlo de la jugada política y enviarlo al extranjero. Sin chistar, Reyes tomó sus cosas y abandonó a sus partidarios dejándolos enardecidos.

Decepcionado de Reyes por su falta de agallas, Huerta regresó a la ciudad de México y durante la revolución de 1910 se mantuvo al margen de las operaciones militares. Se reincorporó tan sólo para encontrarse nuevamente en el sitio adecuado: el 26 de mayo 1911 formó parte de la escolta que acompañó a Porfirio Díaz a Veracruz y regresó a la ciudad de México para ponerse a las órdenes del nuevo gobierno.

El indio de Colotlán fue el brazo armado del presidente interino Francisco León de la Barra. Entre ambos lograron el rompimiento definitivo del maderismo y el zapatismo. A pesar de los innumerables encuentros, el caudillo del sur terminó considerando a Madero como un traidor, ya que mientras hablaba de paz, la campaña de Victoriano en Morelos –ordenada por De la Barra- alcanzaba extremos aterradores.

Con Madero en la presidencia desde el 6 de noviembre de 1911, los días de Huerta parecían contados. Don Francisco sabía hasta donde había llegado su responsabilidad en la represión contra los zapatistas y decidió mantenerlo alejado de su gobierno. Pero el destino pronto lo rehabilitó. En 1912, al estallar la rebelión de Pascual Orozco, la administración maderista envió a Huerta a Chihuahua a combatir a los revoltosos. La campaña fue un éxito; en unas semanas aplastó al movimiento armado e intentó acabar con la vida de Pancho Villa acusándolo de insubordinación, lo cual, para su mala fortuna no logró, gracias a la intervención casi milagrosa de Raúl Madero, hermano del presidente. Victoriano regresó a la capital con los blasones de general de división, pero con el rumor de haber intentado pactar con los orozquistas y los miembros de la oligarquía del estado, razones que despertaron las suspicacias de más de un maderista.

Cuando estalló la decena trágica en la ciudad de México, el 9 de febrero de 1913, Huerta no pensaba en la traición. No al menos en ese momento y no precisamente por lealtad al régimen de Madero. Estaba esperando el momento adecuado, las condiciones necesarias para obtener el poder. La suerte actuó nuevamente a su favor. Durante el primer día de enfrentamientos, el general Lauro Villar -comandante de la Plaza y hombre leal al presidente- resultó herido. Madero entregó entonces el mando militar a Huerta, quien prometió la victoria en pocos días. También los golpistas sufrieron una baja sensible. Con la muerte de Bernardo Reyes, ocurrida en ese primer enfrentamiento, los sublevados se atrincheraron en la Ciudadela, situación por demás desventajosa, ya que ante un ataque bien planeado no tendrían escapatoria. Las condiciones para Huerta eran inmejorables: tenía en sus manos el control de los dos grupos rivales. Le faltaba mover una pieza. La que debía colocarlo en la presidencia.

Huerta optó por la alianza con los rebeldes pero sin dar ventajas. En varias reuniones secretas realizadas en la pastelería El Globo –a las cuales se presentaba en estado de ebriedad- el general indio se entrevistó con el jefe de los rebeldes, Félix Díaz. En la embajada estadounidense, bajo el auspicio de Henry Lane Wilson, sellaron el acuerdo. Victoriano ocuparía la presidencia de la república, nombraría un gabinete con partidarios de Félix Díaz y convocaría a elecciones. Al sobrino de don Porfirio no le pareció del todo la idea, pero presionado por el embajador estadounidense terminó por aceptar.

La traición se consumó el 18 de febrero. Madero y Pino Suárez fueron aprehendidos por instrucciones de Huerta y al día siguiente presentaron sus renuncias. Pedro Lascuráin ministro de Relaciones Exteriores fue nombrado presidente, a su vez nombró secretario de gobernación a Huerta y luego renunció. Por ministerio de ley Victoriano ocupó la presidencia del país. Al respecto, el célebre escritor Federico Gamboa, futuro miembro del gabinete, escribió:

“Que desde el día 19 y ‘conforme a la ley’ (este ‘conforme a la ley’ vale las dos Californias y todo el Transvaal) asumió el poder ejecutivo de la República ¡el general de división don Victoriano Huerta! Ni un poquito me gusta, aunque en las circunstancias actuales y con tal de que sea por brevísimo tiempo, pase don Victoriano Huerta ¡y que Dios lo ilumine!”.

El nuevo presidente no tenía en mente dejar el poder ni cumplir con lo pactado. En los siguientes días tomó medidas que mostraron su carácter para gobernar. El día 22 de febrero de 1913, Madero y Pino Suárez fueron asesinados por órdenes de Huerta. Meses más tarde removió a los miembros del gabinete y colocó en su lugar a sus incondicionales. De Félix Díaz se deshizo nombrándolo embajador extraordinario en Japón. En octubre fue muerto el senador Belisario Domínguez luego de un fuerte discurso en contra de Huerta. Ante las protestas del Congreso, el presidente disolvió la Cámara de Diputados y la XXVI legislatura fue encarcelada. El Senado prefirió desintegrarse antes de sufrir una humillación similar. El presidente asumió los ramos de Gobernación, Hacienda y Guerra y se erigió como dictador.

“Huerta no se preocupa mucho por saber a quién mata –escribió Edith O’Shaugnessy, esposa del encargado de negocios estadounidense-. Poco le interesa la vida humana (la suya propia o la ajena). Es un hombre fuerte y astuto; y si fuese capaz de conseguir unos cuantos mirlos blancos, con apariencia de patriotas, y si los Estados Unidos no estuvieran espada en mano, tal vez podría restablecer la paz en su patria”.

Pero la paz era imposible. Desde el inicio de su gobierno enfrentó un levantamiento generalizado en todo el país acaudillado por Venustiano Carranza. La revolución constitucionalista –llamada así porque pretendía restablecer el orden constitucional roto por el golpe de estado huertista- contaba entre sus filas con generales de la talla de Francisco Villa y Alvaro Obregón, que en 17 meses acabaron con sus sueños de grandeza. La situación se complicó más cuando fue retirado de México su cómplice en la caída de Madero: Henry Lane Wilson, y la nueva administración de Washington se negó a otorgarle el reconocimiento de gobierno.

En abril de 1914, el gobierno huertista enfrentó una nueva invasión estadounidense. Desde el día 21 el puerto de Veracruz fue ocupado por tropas de Estados Unidos. El dictador quiso utilizar el conflicto con Estados Unidos como pretexto para llegar a un acuerdo con los revolucionarios pero Carranza se negó. Su prioridad era derrocar a Huerta.

El presidente pasó buena parte de su breve administración embrutecido por el alcohol. Algunos colaboradores decían que “cuanto más bebía más se le aclaraba el cerebro”. Otros no compartían esa opinión. “No ocultaba su gusto por el coñac –recordaría su incondicional Nemesio García Naranjo- y no tardó mucho tiempo en adquirir fama de bebedor. Con frecuencia se le veía apurando copas en el Café Colón y en otros establecimientos similares. Le tenía sin cuidado lo que la voz de la calle dijera en relación con su gusto por las copas, y cuando fue Presidente, no alteró sus costumbres anteriores. Como consecuencia, se formó la leyenda de que su cerebro se encontraba siempre entenebrecido por el alcohol”.

Curiosamente, el hombre que podía disponer de la vida de sus enemigos con una frialdad inaudita, era un amoroso esposo y padre cariñoso. La única lealtad que guardaba era hacia sí mismo y su familia. “Aunque las pasiones y los odios políticos lo hayan presentado como un ogro de gesto endurecido –refiere García Naranjo-, empapado de resentimientos y de amarguras, yo siempre lo vi lleno de optimismo y dispuesto a reír ¡Un indio alegre!”

Ante el avance incontenible de la revolución, el 15 de julio de 1914 Huerta presentó su renuncia. Para salvar la vida abandonó el país. A mediados de 1915 intentó regresar a México y organizar un movimiento rebelde. Rebasaba ya los sesenta años y su salud estaba visiblemente deteriorada por la cirrosis hepática. Acusado de conspiración y de violar las leyes de neutralidad fue recluido en Fort Bliss, Texas.

Ahí mostró que aún mantenía una fortaleza descomunal. Se cuenta que debido a su enfermedad fue sometido a una intervención quirúrgica. “Los cirujanos quedaron asombrados de que rechazara el anestésico y no obstante la tortura que sufría, se mantuviera en una inmovilidad estoica, mientras el bisturí se abría paso a la víscera delicada”. El alcohol hizo su trabajo y falleció el 13 de enero de 1916 en El Paso, Texas.

“Las cualidades de Huerta fueron tan grandes que sólo pudieron ser superadas por sus defectos” –escribió García Naranjo. Si alguna tenía, desapareció bajo las sombras de la intriga y la frialdad del asesinato a mansalva. No fue un dictador más, antes que todo fue un traidor. En cada palabra de su renuncia se puede leer el tono cínico e irritante de la traición: “Dejo la presidencia de la república llevándome la mayor de las riquezas humanas, pues declaro que he depositado en el Banco que se llama Conciencia Universal, la honra de un puritano”.

Correo electrónico: arr1910@cablevision.net.mx

Última modificación:
Jueves, 5 de Enero de 2006 a las 14:19 por Carmen Cobos González.


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